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El lienzo de los objetos. La mesa poética del pintor de Pisis.
El misterio de su nombre. Palabras sustituidas por su valor y
las rimas del significante. Poemas tridimensionales, palabras
pintadas. Roto el engaño del lenguaje, la visión recita. Composiciones
cartesianas, donde los objetos bailan al ritmo de sus nombres.
Palabras pintadas con la destreza del poeta. Una tras otra las
composiciones de de Pisis ofrecen un concierto de variaciones.
El bodegón, escenario de representaciones breves para el ojo,
lector mudo. Elaboración estricta, franciscana, como homenaje.
Naturalezas muertas donde se desarticula la bomba del significado,
donde la transparencia se abre paso y el caballo salta y es pez,
es pájaro, es molusco, es crustaceo. Y el rojo no se canta, es.
Y la luz vibra, y es amarilla y es blanca y es almíbar y es fría.
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El tiempo está vivo y nos hiela o nos duerme. Entre guerras, los
amigos Carrá y los de Chirico, Giorgio y Savinio, le contagiaron
la melancolía, le mostraron que tras la palabra se escondía el
objeto. Morandi le enseño el escenario, le recito sus formas,
sus colores.Y una enorme barra de pan sobre caballetes, y un filósofo
descabezado y una granada y un ajo a sus pies, conversaciones
con los metafísicos –según cicerone–, secretas. Su apariencia
de marina, pero el tamaño de la caracola, el poder del alga, nos
asombra, y son la cerradura de la puerta que se abre, y son el
sonido que cautiva, el rumor que adormece y nos transporta a un
mundo pautado por un maestro estricto y sutil que escribe pintando.
Poemas visuales, certeros, a mano, naturales.
José
Oliver
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